lunes, 8 de enero de 2007

Obituario Diciembre

Aunque la festividad de San Martín, fecha tradicional de la matanza del cerdo, fue el pasado 11 noviembre, nuestro obituario de diciembre se centra en dos muertes i una matanza.


A primeros de mes (4/12/06) fallecía "Max" el cerdo vietnamita de George Clooney, desde este blog mandamos nuestras condolencias al apuesto actor. Sabemos que prefería la compañía de este marrano a la de muchas mujeres bellas.


Después de una, no demasiado larga, agonía que comenzó el 3 de diciembre, murió de "viejesito" nuestro entrañable Augusto Pinochet un 10 diciembre, una muerte que no sirvió para nada ya que este grandísimo cerdo padecía peste porcina desde su nacimiento. En nuestra memoria quedaran grandes frases como "Yo no acostumbro a amenazar. (...) Los ponemos en un avión y en el camino los van tirando para abajo".



Y para cerrar el año sin posibilidad de hacer con el ni jamones, ni chorizos, ni ningún alimento para el pueblo chií, ya que por su ley musulmana no pueden comer cerdo, además tenía un pasado relacionado con un tipo de gas que por lo visto es perjudicial para la salud y el medio ambiente, fue sacrificado otro de los grandes: Sadam Husein. Gracias a él tenemos bien contento al pueblo americano que puede hacer lo que más le gusta: Meterse en casa ajena, desplegar toda su industria armamentística, arramblar con todo lo que pueda y después de dejarlo todo hecho unos zorros, volver a casita ("Yankies go home"), con un montón de bajas civiles contabilizadas como "daños colaterales".

jueves, 30 de noviembre de 2006

OLIMPIG GAMES 1


Aquí teneis el último cartel de los Juegos Olímpicos para Cerdos celebrados en la ciudad de Beijin (China). Hay concursos de Carreras, Natación y Salto. Aún no conocemos las fechas para su nueva celebración. Estaremos a la espera... Os ofrecemos unas muestras de las pruebas que se realizan habitualmente, en competición oficial, en Shangai.

OLIMPIG GAMES 2

Natación
Carreras
En los vestuarios
Salto de vallas
Carreras de obstáculos.

Les fotos han sortit de la galeria de www.20minutos.es

lunes, 27 de noviembre de 2006

"Un cerdo en Fiumichino" de Arturo Pérez Reverte

"Nunca hemos sido tan vulnerables como ahora. Vivir apretando botones y pasando tarjetas por ranuras, ir en hora y media de Madrid a París, tiene su precio. Tanto confort que nos facilita la vida trae implícito, con la posibilidad del fallo, su propio desastre. Un apagón, una tarjeta de crédito estropeada, un minúsculo error informático pueden bloquearlo todo, dejándonos inermes ante la máquina, el sistema o la vida. Pero hay una variante más azarosa del asunto: la mano interpuesta del hombre. En cuestión de fallos, no hay conjunción más temible que el ser humano y la máquina. Nada más peligroso que un mecanismo de los que rigen tu vida, y en cuya supuesta eficacia confías, puesto en manos de un malvado. O lo que es peor: de un imbécil. El otro día viví una pequeña demostración de lo que les cuento. Algo anecdótico, afortunadamente; trivial en apariencia, pero que me dejó –y aquí sigo– reflexionando sobre el asunto.
Pasaba el control de seguridad en el aeropuerto de Roma, sometido a las humillaciones y sevicias de rigor. Tras despojarme de reloj, llaves, monedas y cuantos objetos podían hacer sonar el detector de metales, lo puse todo en la bandeja correspondiente, metí ésta y mi bolsa de mano en la cinta transportadora y me situé tras un pobre abuelete al que habían hecho quitarse el cinturón y caminaba sujetándose patéticamente los pantalones, como si fuese camino del horno número 4 de Auschwitz. Crucé, al llegar mi turno, el arco con la ligereza de ánimo de quien se sabe inocente; pero al coger mi bolsa de mano, una agente de seguridad pidió ver su interior. «Lleva un objeto extraño», me dijo la prójima en italiano. Iba a responder que no había nada extraño en mi bolsa, cuando recordé que llevaba, envuelta en su caja, una figura de plomo de un palmo de longitud que había comprado en una tienda para coleccionistas: un maiale, aquel pequeño submarino biplaza que los buceadores italianos utilizaban, durante la Segunda Guerra Mundial, para atacar de noche a los barcos ingleses fondeados en Gibraltar. Entonces, cayendo en la cuenta de cuál era el objeto extraño, sonreí, hurgué en la bolsa y se lo mostré a la agente.
Apenas vi la cara con la que la individua lo miraba, comprendí que iba a tener problemas. Me ha tocado, pensé, la retrasada mental del aeropuerto. Fruncía el ceño, obtusa, cuando cogió la especie de torpedo pintado de verdegris naval, sopesándolo, y miró la hélice y las dos figurillas de buzos sentadas a horcajadas sobre él. «¿Qué es esto?», preguntó observándome como si llevase puestos una kufiya iraquí o un turbante afgano. Entonces cometí el error de dar explicaciones. «È un ginnoto», dije en mi italiano básico. «Un piccolo sommergibile militare.» Su expresión me produjo un escalofrío. La pájara era menuda, con el pelo castaño muy cardado, un cinturón con walkie-talkie y esposas, y de pronto le vi cara de loca. «¿Torpedo militar?», concluyó observándome con siniestra suspicacia. «La has jodido, Arturín», pensé. Y para acabar de arreglarlo, decidí apelar a su memoria histórica. Esta subnormal es italiana y agente de seguridad, decidí. Algún entrenamiento tendrá, supongo. Algo habrá leído. Así que aclaré: «È un maiale». Y ahí perdí el control de la cosa, porque la prójima me clavó unos ojos como puñales y gritó: «¿Me ha llamado cerda?». Miré la cola que se había formado detrás, pues bloqueábamos el paso. «No –respondí, intentando no dejarme dominar por el pánico–. Ho detto maiale, mascolino, no maiala. Maiale significa porco, è vero. Ma cosí si chiama anche queste siluro. Data della guerra mondiale, ¿capisce?» La tía estudiaba el submarinillo, y de vez en cuando intentaba –aunque era imposible– desenroscar su parte delantera. «Maiala», repetía, pensativa. «¿Y qué ha dicho de la guerra?».
Entonces pedí socorro. Literalmente. Lo dije en voz alta, en español, y luego lo repetí en italiano: «¡Aiuto!». Alrededor se hizo el silencio. Hoy no vuelo, pensé. Me quedo en Roma con el puto sommergibile. Entonces se acercó un agente de seguridad normal, con el cociente intelectual mínimo adecuado, supongo, para ese trabajo. Con esa cara de cachondos que ponen algunos italianos cuando tratan con españoles. «Me ha llamado cerda», le informó la tía, indignada. Ni me defendí. Le mostré el cuerpo del delito al agente, e imité el gesto de juntar los cinco dedos y balancear la mano hacia arriba. Entonces el otro cogió el submarino, sonrió admirado y exclamó: «¡Un maiale!... ¡Qué bonito! ¿Dónde lo ha comprado?»". Un cerdo en Fiumichino de Arturo Pérez Reverte.

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